De Sociedad a Sociedad Civil

Sociedad Civil Fuerte.- imagen tomada de "Claro Oscuro"

Sociedad Civil Fuerte.- imagen tomada de “Claro Oscuro”

¿Época de cambios o cambio de época? Si analizamos precipitadamente nuestro presente podríamos afirmar que estamos experimentando un dramático cambio de época caracterizado por el hecho de que vivimos en una aldea de Estados y naciones soberanas, pero sujetos a un orden mundial polarizado, con un mercado ágilmente globalizado pero cada vez más difícil de regular y con una comunidad social muy intercomunicada pero lamentablemente individualista. Este artículo está fundamentado en un análisis exhaustivo sobre el papel de la sociedad civil en el mundo cambiante en el que vivimos, donde no solo evolucionan los Estados y los mercados, sino también evolucionan las sociedades. El término “sociedad civil” tiene un sin número de connotaciones, actualmente es utilizado por políticos, empresarios y líderes mundiales –sean estos demócratas o republicanos, derechistas o izquierdistas, laboristas o conservadores, liberales o comunitarios– quienes recurren a la institución de la sociedad civil como la única vía de escape frente a un mundo dominado por Estados arrogantes y mercados egoístas.

A lo largo de este documento intentaremos descubrir el papel protagónico que interpreta el tan llamado “tercer  sector” y el grado de influencia que ejerce en los Estados para alcanzar procesos democráticos y su capacidad de producir bienestar social. Evaluaremos a una sociedad civil que a nuestro criterio se encuentra un poco desgastada y carente (en muchos casos) de moralidad, pero que sin embargo para muchos autores sigue siendo la institución capaz de mediar inequívocamente entre aquel Estado de bienestar y los mercados globales. Más adelante, trataremos de enfatizar la importancia de contar con una sociedad civil capaz de producir y reproducir a la sociedad enmarcada en el  “mundo de la vida” de Habermas pregonando los valores y respetando los derechos individuales, sociales y políticos de los ciudadanos plasmados en la opinión pública. Nuestro principal objetivo será proponer una definición moderna del concepto “sociedad civil” mediante un profundo análisis histórico de las corrientes de pensamiento que le han dado forma a dicho término, para evaluar el rol que cumplen las instituciones no gubernamentales, las familias, las iglesias, las comunidades y los movimientos sociales en nuestra época contemporánea.

Hemos dividido el artículo en cuatro segmentos. Iniciaremos con un recorrido sobre la evolución histórica del concepto “sociedad civil” desde la polis griega hasta la república moderna. En segundo lugar, contrastaremos conceptos teóricos de autores como Marx, Hegel, Gramsci, Habermas, De Tocqueville, entre otros, para lograr una comparación ideal entre las diferentes épocas y corrientes filosóficas. En tercer lugar, evaluaremos los tres tipos de sociedad civil que nos presenta Benjamin Barber: la sociedad civil de los liberales, la de los comunitarios y la sociedad civil fuertemente democrática, para contextualizar positivamente al “tercer sector”. Finalmente, asociaremos los contenidos antes expuestos para presentar un concepto ideal de sociedad civil que nos aproxime a una definición más contemporánea, democrática y cívica.

I. Evolución histórica de la sociedad civil.-

El término sociedad civil ha tomado mucho impulso en los últimos años y en especial a partir de la década de los noventa. No obstante, la sociedad civil al igual que el Estado, tiene una evolución histórica influenciada por el desarrollo de las sociedades, el avance del pensamiento político e ideológico y la posterior globalización de los mercados. Podríamos iniciar nuestro recorrido en la Grecia antigua, una época donde la “polis” además de ser el centro político, económico y cultural, era considerada el “ideal de vida” de los hombres y la forma más perfecta de “sociedad civil”; principalmente, porque en ella se establecía un espacio de opinión pública para que el ciudadano participe en los asuntos oficiales y debata sobre los mejores intereses entre el individuo, la comunidad y el Estado. Sin embargo, ¿podemos realmente hablar de una sociedad civil en la polis griega?, a nuestro criterio personal no existía una sociedad civil organizada, más que algunos hombres, que en pleno goce de sus derechos políticos podían tomar las decisiones (que a su criterio) eran las más adecuadas para el bien común. Además, no podemos olvidar que en la Grecia antigua existía mucha exclusión a grupos vulnerables como las mujeres o los esclavos, que simplemente no eran considerados parte de la sociedad civil o la vida pública, pues no tenían ni voz ni voto y estaban condenados a la vida del hogar doméstico o “vida privada” según los griegos. En síntesis, la vida política era el universo del acontecer humano y por ende denotaba una característica fundamental e inherente al hombre, donde no podía existir sociedad sin política, y por ende donde la sociedad civil no encontraba un escape frente al ejercicio coercitivo del poder del Estado. Amén de garantizar la vida privada, la supervivencia de la casa y la economía, la política era el camino más digno de los ciudadanos.

Nuestra siguiente parada es la Edad Media, época caracterizada por una apreciación negativa de la actividad política y en donde predomina la “societás” y principalmente se valora al individuo sobre la comunidad. Podemos hacer una diferenciación entre los Estoicos que introducen un concepto más universal del hombre, donde la vida plena es alcanzada entre la relación armónica del ser humano y una naturaleza más ordenada y racional.  Por otra parte, el Cristianismo que pregona una relación estrecha entre Dios y la sociedad, donde todos somos hijos de un Ser superior. En ambas corrientes se descarta a la vida política por estar manchada con violencia (coerción), corrupción, desigualdad y por ende un sistema carente de moralidad. Podemos afirmar que durante los siglos XV y XVI existe una actitud positiva hacia las relaciones sociales privadas entre las familias, las comunidades y los pueblos; además, se valora la convivencia respetuosa entre los hombres, el amor por el prójimo y la búsqueda de la felicidad a través del contacto social positivo. Es evidente que durante la época Medieval se fortalecen las raíces del concepto “sociedad civil” y se va marcando una importante soberanía entre la sociedad, los señores feudales y la iglesia.

Continuamos con el Siglo XVII en la época del “mundo moderno” influenciada por las corrientes renacentistas y de los naturalistas modernos, especialmente con el desarrollo de las ciudades y el auge de la filosofía política. Según Adela Cortina, filósofos como Locke, Hobbes, entre otros, tratan de explicar el nacimiento del Estado como resultado de un pacto, un contrato entre los individuos, convencidos de que van a sacar ventajas si pactan una vida en común y se comprometen a dejarse gobernar por el “imperio de la ley” (Cortina, 1998, p. 360). La teoría del contrato social tiene muchas controversias, pero marca una pauta clarísima entre el “estado de naturaleza” y lo que posteriormente se denominará el “estado civil”. En este caso lo civil se refiere a que el hombre deja su estado de naturaleza y pasa a un estado de civilidad donde el Estado se convierte en la única garantía para salvaguardar los derechos fundamentales del hombre. En este aspecto Cortina hace referencia a la visión de Pérez Díaz sobre el concepto de una sociedad civil caracterizada como “un entramado de instituciones sociopolíticas, que incluye un gobierno (Estado) limitado, que opera bajo el imperio de la ley; un conjunto de instituciones sociales tales como los mercados y asociaciones basadas en acuerdos voluntarios entre agentes autónomos, y una esfera pública, en la que estos agentes debaten entre sí y con el Estado asuntos de interés público y se comprometen en actividades públicas.” (1993 citado por Cortina, 1998, p. 361). Es evidente que en la modernidad encontramos a una sociedad civil más definida, más civilizada y con ciudadanos más autónomos; donde el rol del Estado y el orden político se valoran, pero a la vez se limitan a garantizar la independencia de los ciudadanos y por ende sus derechos naturales. Este mecanismo intenta alcanzar una armonía común entre la esfera política y la esfera social, y a la vez caracteriza a la sociedad civil como un espacio independiente de la coerción del Estado y alejado del mundo político.

Con el auge de los sistemas económicos y los mecanismos de producción, iniciamos un recorrido por el Siglo XVIII y parte del Siglo XIX, caracterizados por el desarrollo del sistema capitalista, la intervención mínima del Estado, y como consecuencia, la aparición de una nueva sociedad: “la sociedad civil burguesa”. Este nuevo estereotipo de sociedad estaba determinado por el individualismo puro, la defensa de la vida privada, la libertad económica del mercado, la sociedad de clases y finalmente el pluralismo y la poliarquía. El individuo se convierte egoístamente en el centro de la sociedad frente a la comunidad. Según Cortina, dar prioridad a la comunidad significaba caer en el “holismo” que antepone el todo social (ólon) al individuo, lo cual no tiene por consecuencia sino la anulación del individuo y su libertad, entendida como independencia (Cortina, 1998, p. 363). En segundo lugar, la sociedad civil burguesa prefiere la vida privada frente a la vida pública, por ende los ciudadanos eligen a sus representantes para que estos se encarguen de resolver los problemas públicos y así poder gozar de su vida privada. En otras palabras, la función del Estado y de los gobernantes se limitaba a crear las condiciones necesarias y más óptimas que le permitan al ciudadano disfrutar de su libertad subjetiva. En definitiva la “vida privada” consistía en el libre desenvolvimiento del ciudadano sin la intervención de otros ciudadanos ni del Estado. En tercer lugar, encontramos la importancia que ocupa el mercado y el equilibrio “justo” entre la oferta y la demanda, una sociedad que avizora el poder a través de la conquista de los mercados, cuyo alcance es sinónimo de la eficiencia del capital y del poder adquisitivo sobre el individuo. En cuarto lugar, hallamos a una sociedad “clasista” cuya “igualdad ante la ley no significa para ella también igualdad en la propiedad de los medios de producción” (Cortina, 1998, p. 367). Es indiscutible que existe una diferencia entre aquellos ciudadanos propietarios del capital frente aquellos ciudadanos “desposeídos” que solo pueden ofrecer su fuerza laboral como mercancía para subsistir. En quinto lugar, la sociedad civil burguesa es pluralista y poliárquica desde el punto de vista de su naturaleza individualista. El pluralismo concibe la heterogeneidad social, cultural, ideológica y religiosa, así como distintos proyectos de vida y conceptos de la vida buena. Por otra parte la poliarquía era otra característica fundamental, ya que a diferencia de un Estado que tiene el monopolio de la fuerza, la sociedad civil goza de múltiples centros de poder que le garantizan mayor libertad y espontaneidad al ciudadano. En síntesis, podemos afirmar que la evolución de la sociedad civil burguesa indiscutiblemente se traduce en una sociedad civil donde a mayor intervención del Estado menor libertad del ciudadano. No obstante, es muy importante aclarar que para efectos de evaluar la evolución histórica del concepto de “social civil” que conocemos al día de hoy, es necesario criticar algunos aspectos de la sociedad civil burguesa que no podrían encajar en las definiciones del Siglo XX y actual Siglo XXI. En primer lugar, la crítica Hegeliana sobre el contrato social, con lo cual se vislumbra un ciudadano egoísta que trata de defender sus intereses individuales a través de organismos universales. En segundo lugar, la necesidad de contar con una esfera pública que garantice el derecho de los ciudadanos, evidenciado en la frase de Cortina que establece que “[…] no es democrática una sociedad que no cuente con una esfera pública de discusión y debate, autónoma frente al Estado, ni es humana aquella sociedad en la que economistas, empresarios y profesionales de los distintos ramos no asumen su responsabilidad social por las consecuencias de sus decisiones en los afectados por sus actividades” (Cortina, 1998, p. 366). En tercer lugar, la gran falacia promovida a través de “la justicia de los mercados” y sobre todo con la eficiencia del capital que en algunos casos solo sustituye a la coerción del Estado por la coerción del mercado sobre el individuo mercancía; evidenciando una clara violación a la libertad individual, puesto que en realidad, no son los ciudadanos los que dominan los mercados, sino los dueños del capital quienes en nombre de la libertad juegan con la independencia de la sociedad. En el segmento final vamos a retomar el último eslabón de la cadena evolutiva de la sociedad civil posmoderna hacia la transformación de una sociedad civil trasnacional.

II. Conceptualizando a la sociedad civil.- 

La evolución de la sociedad civil está ligada directamente con su conceptualización a través de la historia. En este acápite vamos a contrastar algunas definiciones de autores como Hegel, Marx, Gramsci, De Tocqueville, Habermas, entre otros, para comparar sus ideologías y tratar de obtener un concepto más universal y consensuado. Muchos de los autores que pretendemos contrastar inician sus teorías sobre la sociedad civil haciendo una crítica a la teoría del “contrato social” de Locke y otros la retomarán e incorporan de manera positiva. Iniciamos con Hegel, quien en relación a la dialéctica, propone una idea donde el Estado es la única institución capaz de lograr el bien común. Además, introduce la visión de la sociedad civil como una tercera esfera entre el Estado y la sociedad, según Taylor adopta la idea de Montesquieu sobre los cuerpos intermedios que, aunque parte de la sociedad civil, median entre ésta y el Estado (Taylor, 1995). En definitiva, para Hegel no puede existir sociedad civil sin Estado, como habíamos mencionado anteriormente, el Estado defiende los derechos universales donde se incluyen los intereses particulares de la sociedad civil. En contraste, la teoría marxista encuentra en la base económica, los medios de producción y en las relaciones de producción equitativas la posibilidad de superar los conflictos de la sociedad civil. El Estado es parte de una superestructura cuyo papel es coercitivo, por ende solo el mundo del mercado (aunque Marx critica la desigualdad generada por el capitalismo) es el mejor camino para idealizar y alcanzar una sociedad civil justa.

Es importante destacar que la mayoría de las teorías antecedentes remarcan la relación de interdependencia entre sociedad civil y Estado y los aspectos conflictivos de la sociedad civil que se derivan de las desigualdades generadas en la esfera del mercado. Tocqueville y Gramsci reconocen el aspecto conflictivo del concepto y caracterizan a la sociedad civil como una esfera interdependiente de la esfera del Estado y de la economía. Tocqueville percibe a la sociedad civil como el espacio ideal para la pluralidad donde las asociaciones intermedias (conjunto de organizaciones e instituciones cívicas voluntarias y sociales) juegan un rol importantísimo para equilibrar los poderes entre el Estado (muchas veces visto como un Estado paternalista) y los intereses particulares propios de la sociedad. Por su parte Gramsci también concibe a la sociedad civil como parte del Estado, sin embargo establece que la esfera política se iguala a la coacción y la sociedad civil se iguala con la hegemonía del pensamiento. Pues según Gramsci “en la esfera de la sociedad civil es donde se discuten las ideas y donde puede generarse tanto pensamiento hegemónico, que contribuiría a la dominación por consenso, como pensamiento contra-hegemónico” (Miorelli, 2001, p. 6). Para ambos filósofos la sociedad civil se mantiene como ese “tercer sector” entre el Estado y el mercado, específicamente en la acción estratégica donde se producen y reproducen las ideas según Tocqueville, o hegemonía y contra-hegemonía, en términos de Gramsci.

Finalmente, encontramos la teoría de Habermas quien centra su esquema en la “opinión pública” definida como un espacio donde los ciudadanos participan en procesos comunicativos donde circulan y confluyen libremente las ideas. En contraste con la tradicional “triada” entre Estado, mercado y sociedad; Habermas, contempla un meta-sistema compuesto por  el sistema político (el Estado), el sistema económico (el mercado) y finalmente el mundo de la vida (donde encontramos a la sociedad civil y la esfera pública). Este último elemento “el mundo de la vida” establece un cambio de paradigma al movernos de la acción estratégica a la acción comunicativa, resaltando la importancia de una esfera pública donde se debaten las ideas y se llegan a consensos caracterizados por el uso de la razón y la argumentación. Desde el punto de vista social, el mundo de la vida es la esfera de creación libre donde la sociedad civil tiene la capacidad de producir y reproducir a la sociedad. Esa acción comunicativa tiene el potencial de legitimar las decisiones y crear consensos justos. Por último, Habermas conceptualiza al sistema económico como una fuente de conflictos y desigualdades; sin embargo, define a la esfera de la economía como un sistema independiente que funciona de acuerdo a sus propias reglas, excluyéndolo del “mundo de la vida” y por ende cambiando el referente empírico de la sociedad civil que no busca ni el poder político ni el poder económico. No obstante, el mercado y las relaciones capitalistas de producción no son sólo un factor en el origen de la sociedad civil sino parte constitutiva de la misma. El Estado nacional, por su parte, es condición necesaria para garantizar la homogeneidad que la sociedad civil plural necesita.

III. Los tres tipos de sociedad civil según Barber.-

Luego de recrear la evolución histórica y contrastar algunas definiciones ideológicas, vamos a exponer los tres tipos de sociedad civil discutidos por Benjamin Barber con el afán de analizar detenidamente a la “sociedad civil democrática” y entrar en el debate sobre la postura moderna del término sociedad civil y más adelante su transición al mundo transnacional. Barber inicia con un análisis sobre el estudio de la sociedad civil en las dictaduras y en las democracias. En las dictaduras se la enmarca dentro de un ideal utilizado como una forma de crítica hacia los regímenes despóticos y en las democracias para referirse a fundamentos ideales con una historia y una legitimidad institucional. En ambos escenarios contemplamos a la sociedad civil como un “ideal” y utilizamos el término como instrumento para corregir las imperfecciones del Estado y del mercado. Según Barber, en las dictaduras se apela a la creación de nuevas instituciones y en las democracias se apela a un programa que resucite instituciones viejas. (Barber, 2000, p. 23). En definitiva y estrechamente relacionado a la evolución histórica que realizamos en el primer segmento, vamos a conceptualizar a una sociedad civil contemporánea que lleva inherente un legado del pasado clásico democrático y funcionalista. En este análisis se contrastarán los principios de los libertarios, de los comunitarios y finalmente los modelos democráticos sólidos.

Desde la perspectiva libertaria se habla de dos dominios, por un lado el poder del Estado (o sea el poder político y coercitivo, o el “eso”) y el poder social (los individuos y las organizaciones sociales, o el “nosotros”) con un principio de libertad y voluntarismo. Se concibe entonces a la Sociedad Civil como un sinónimo del sector privado y del mercado; según Barber, un territorio de individuos libres que se asocian de forma voluntaria en varias agrupaciones de carácter económico y social de naturaleza contractual en la que se incluye a la familia (Barber, 2000, p. 25). Es importante mencionar que se retoma el concepto de “contrato voluntario”. Por un lado la familia que corresponde un contrato social tácito y por otro lado con la sociedad, donde los individuos tienen la capacidad de asociarse libremente con otros pares. Esta visión contempla una perene lucha entre la esfera pública y la esfera privada, pues cuanto más poder tiene el Estado menos libertad tiene la sociedad. No obstante, en el modelo libertario se acoge la teoría del contrato social de Locke, donde la relación entre el Estado y la sociedad civil se puede considerar como la única vía para garantizar los derechos particulares de los ciudadanos. Se puede interpretar que existe una relación de eficiencia, ya que el Estado (en su versión más limitada) provee servicios a una sociedad “cliente”, la cual funciona en sus relaciones sociales y de producción a través de contratos. Según Barber esta concepción libertaria es un rudimentario modelo de relaciones sociales que funciona de modo superficialmente instrumental: al ciudadano se lo considera como un cliente, al votante como un comprador y al que participa en democracia como un consumidor (Barber, 2000, p. 30). Esta última referencia expresa una dura crítica al modelo libertario, en el cual se concibe a la sociedad civil como un tercer elemento que en vez se hacer presión por las libertades universales del ciudadano, se entrega al mercado como un cliente y sirve al Estado como un consumidor de la democracia.

En contraste, el modelo de los comunitarios pretende conceptualizar a la sociedad civil dentro de un contexto mucho más amplio que el modelo libertario. Mientras que los libertarios conciben a la sociedad civil como un espacio de acción para el individuo privado que se asocia por voluntad propia; los comunitarios, perciben a una sociedad civil donde debe existir indispensablemente “unión social”, interacción entre la gente y asociación comunitaria. Además, estas asociaciones generalmente no son voluntarias, ya que según Barber las asociaciones humanas se atribuyen y por ende los individuos se relacionan entre sí por una serie de lazos que preceden y condicionan su individualidad –nacemos hombre o mujer, judíos o católicos, ecuatorianos o chilenos, mestizos o indígenas–. En definitiva, el modelo comunitario determina a la sociedad civil como una mezcla confusa de relaciones sociales ineludibles que unen a las personas. No obstante, hablar de comunidad es hablar de jerarquías, puesto que en estos grupos más plurales siempre existirá un líder que conduzca los ideales del grupo por el camino de la eficiencia instrumentado en la “democracia”. Sin embargo, la democracia puede ser vista como un obstáculo que debilita a la comunidad, según Barber la paradoja de la comunidad es que su solidaridad se ve atenuada por el propio pluralismo…pero se puede decir que la propia comunidad posee unos atributos ideales que resisten a la democracia, mientras que la democracia exige una serie de requisitos que pueden debilitar a la comunidad […] (Barber, 2000, p. 34). La idea central redunda en la dificultad de escoger entre una sociedad más inclusiva, más solidaria y más libre, un problema que se mantiene hasta la actualidad, especialmente en el carácter representativo del grupo y su legitimación ante la sociedad y el Estado. Otro dilema de la sociedad civil comunitaria radica que en determinado momento las comunidades y sus líderes pueden acaparar, absorber y monopolizar el espacio público, no solo el de la opinión, los bienes públicos, sino también el de la autoridad. Si esto sucediera, los Estados se reducirían a grandes comunidades de comunidades y la sociedad civil tendría a desaparecer puesto que en teoría ya habría entrado en la política, rompiendo el esquema de la triada perfecta. Según Barber los comunitarios tienen miedo a la anarquía creativa y responden de modo favorable a la disciplina autoritaria, por lo que sus temores no servirán ni a la libertad ni al hombre público (Barber, 2000, p. 40). En síntesis, los comunitarios quieren recuperar las virtudes de las antiguas comunidades cuya desaparición fue una consecuencia inevitable de la propia modernidad que censuran y ante la cual ellos recomiendan la comunidad como remedio.

Finalmente, Barber nos sugiere que el aprendizaje, ocio, justicia y oportunidades corresponden a una receta solemne para una sociedad civil democrática, en la que las instituciones libres y la sociabilidad puedan descansar plácidamente sobre la ciudadanía sin verse atrapadas en un gobierno arrogante. En esta concepción de la sociedad civil con los ciudadanos, se rechaza la oposición entre sector el público y el sector privado; por el contrario, se postula un tercer sector mediador de compromiso social: sobre los valores democráticos, un ideal regulado por los ciudadanos que quieren una actividad cívica revitalizada que no tenga fuerza ni inspiración (como el liberalismo del mercado) y que no sea defensa ni glutinosa (como la autoridad de los clanes). Un espacio social con tres sectores distintos, con identidades plurales, con comunidades cívicas  (que podrían ser asociaciones abiertas e igualitarias) y con la participación voluntaria del ciudadano. Este modelo de sociedad civil se caracteriza por: poseer un marco abierto y público, voluntario y no coercitivo, se distingue por su capacidad inclusiva, presenta rasgos de libertad y voluntarismo. La sociedad civil permite a las identidades particulares hacer los retoques necesarios y dotar a los ciudadanos de una naturaleza plural de carácter menos vulnerable al hecho del poder ser dominados por una sola identidad poderosa. El pluralismo es la condición indispensable de la libertad en una sociedad civil democrática. Se trabaja la idea de un “Republicanismo cívico”, donde habitan ciudadanos que no son consumidores de los servicios del gobierno, aunque sí son defensores de sus derechos ante las instituciones del gobierno. Los ciudadanos democráticos, son activos, responsables, son miembros  comprometidos de un grupo y comunidades. Hay los que consideran que la democracia es un estilo de vida y otros que consideran que la democracia es un régimen, sin embargo la relación entre el Estado y la Sociedad es congruente con los derechos universales.

IV. La sociedad civil en el mundo global.-

            A lo largo de este artículo hemos recorrido y analizado un entrampado histórico que ha ido perfeccionando el concepto de Estado en un contexto donde la sociedad civil también ha evolucionado y continúa tomando forma con el propósito de lograr un marco más democrático, civilizado y universalista. Un marco donde se respeten los derechos ciudadanos pero donde congruentemente se armonice la relación entre el Estado soberano y coercitivo, y los mercados como un espacio de actuación privada, que permitan una convivencia productiva y que genere un desarrollo positivo y justo de la sociedad ideal (la gobernanza global). No obstante, aterrizando al contexto contemporáneo, podemos afirmar tres cosas: en primer lugar, vivimos en un mundo donde  no existe una soberanía global y por ende un Estado Global; en segundo lugar, convivimos en una aldea donde sí existe un mercado global pero con redes tan complejas difíciles de regular; y finalmente con una sociedad civil cuyo concepto ha sufrido una metamorfosis global, pero que lamentablemente no encuentra un espacio común de ciudadanía global, más que un espacio transnacional con reglas menos claras e ideales muy particulares. Es importante mencionar que la esfera de la sociedad civil moderna, se relaciona con la gobernanza global, la cual responde a un proceso de múltiple interacción entre las diferentes formas de autoridad y las diferentes formas de regulación, trabajando conjuntamente para alcanzar objetivos comunes, resolver problemas y negociar nuevos tratados entre diferentes intereses conflictivos. Es un proceso efectivo ya que permite al ciudadano común expresarse en cuestiones que dominan la política mundial y obtener mayor participación en buscar soluciones pertinentes. El rol de la sociedad civil es crecer mientras la gobernanza global se convierte en un sistema más pluralista y menos confinado en las soberanías territoriales de los sistemas estatales.

            Es evidente que en la evolución de la polis a la república moderna y de la modernidad al mundo global, existen claras divergencias donde la política ya no es el fin último, donde se respeta el mundo privado junto con las libertades del ciudadano, donde la participación ciudadana y el rol de los grupos ciudadanos promueve el desarrollo, pero donde también existen claras limitaciones para establecer consensos. Según Michael Edwards la sociedad civil es el campo de acción en el cual la gente se junta para alcanzar intereses y objetivos comunes, sin ningún fin político o económico, más bien con un sentimiento de bienestar social y luchar en acción colectiva por agendas comunes (Edwards, 2001, p. 2). Esta concepción moderna es el ejemplo perfecto de la evolución más sistemática del concepto de sociedad civil, donde la definimos como el campo de acción y no como la “cosa” sin valor empírico. Además, la diferenciamos de la arena política y económica, así como ese “espacio de opinión pública” que permite el consenso colectivo por el bien común. La evolución al pasar de la acción estratégica a la acción comunicativa se mantiene vigente, pues la tecnología hace posible abrir espacios de opinión que acortan las distancias, minimizan el espacio y reducen los tiempos. Esto le otorga mayor efectividad a la sociedad civil moderna para producir y reproducir las ideas y promover ideologías que pregonen un desarrollo positivo del ciudadano.

            Con lo antes expuesto podemos concluir que la sociedad civil se ha transnacionalizado (rebasa las fronteras de las naciones sin tomar en cuenta las soberanías de los Estados). La sociedad civil transnacional se puede conceptualizar como una red de organizaciones “organizadas” con objetivos y fines en común (estos fines se convierten en la causa misma de su existencia). Su origen está en los Estados nacionales con realidades locales pero con acciones globales que finalmente aterricen nuevamente en el ámbito local. Lamentablemente, como lo hemos mencionado anteriormente, existe tención entre las organizaciones, conflicto de intereses y por ende existe pluralidad de opinión en las causas que representan. En la actualidad, las asociaciones, grupos comunitarios, organizaciones no gubernamentales, fundaciones, entre otras instituciones que componen a la sociedad civil, luchan por encontrar un espacio de representatividad. Entonces, ¿la representación es la única ruta para legitimar cívicamente a la gobernanza global?, ¿cuán representativa debe ser una organización para tener voz en alguna mesa de negociación?, y en particular,  ¿cómo se encuentra un canal de mediación entre las bases y las instituciones internacionales? Es evidente que actualmente es difícil encontrar la representatividad, puesto que cada individuo tiene una causa o fin (totalmente justo) sin embargo si no cuenta con la suficiente representatividad este fin por más justo que sea carece de legitimidad. Las asociaciones, por su parte, logran legitimar sus causas mediante un significativo número de individuos que comparten atributos y hasta identidades comunes a una causa que veneran por ser justa (auto afiliación); por ejemplo, la defensa de los derechos indígenas, de las mujeres maltratadas, de los derechos ambientales, entre otros.  Además, logran legitimar sus fines gracias a la representación de Estados democráticos que viabilizan sus causas otorgándoles voz y voto en la esfera global. Esto genera una efectividad a causa de la representatividad. Sin embargo, mientras más centralizadas son las organizaciones hay mayor efectividad pero menor representatividad con sus bases y por ende menor control. Finalmente volvemos al dilema de la representación democrática y más aun de la representación de un ciudadano global.

En síntesis, es evidente que la sociedad civil continúa su proceso evolutivo, los ciudadanos nos hacemos escuchar con más fuerza y en instancias con mayor efectividad frente a los problemas de nuestra realidad social, política y económica. Es importante que construyamos una sociedad civil fuerte como prerrequisito para lograr regímenes globales democráticos, nuevas formas de gobernanza y los sacrificios necesarios para alterar los patrones de consumo y comercio en el mundo industrializado (y muchas veces destructivo) en el que vivimos. De lo contrario, seguiremos soñando con una “comunidad global” donde la gobernanza global seguirá siendo un sistema que beneficia y representa a los fuertes y castiga a los débiles.

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